GAIA

 

 

 

 

 



Minúsculo infusorio que navego
en un grano de polvo, que es la Tierra,
girando sin sentido ni razón
en redor de otra mota en la galaxia, que es el Sol.

Ignorada galaxia rodeada de millones de otras más,
insertas entre un polvo luminoso
de infinita e inacabable trabazón,
donde el tiempo y el espacio ya no existen...

Y me digo, ¿Qué soy yo?

¿Dónde está mi parecido con el Dios que me dicen que ha hecho esto?
¿No seré más bien un modesto transmisor,
de la vida que, pletórica, rebosa el Universo?

¿Seré solo eso?

Es verdad que no soy nada...

Pero pienso, gimo, río, soy feliz o desdichado,
amo mucho y me apena contemplar
marchitarse poco a poco el envase de mis genes,
que ya ocupan recipientes renovados.

Y pregúntome mil veces,
¿No será que la vida verdadera son los genes?
Pero ellos ¿son conscientes de su ego, como yo soy de mi mente?

¿Qué pretenden?

¿Son acaso la conciencia de la Tierra, a quien alguien llamó Gaia?

¡Mas si Gaia es también una mota diminuta...!
¿Y si Gaia o Amalur es la ínfima neurona de una inmensa inteligencia?

No lo entiendo...

Y mientras más se marchita el envoltorio de mis genes, que es mi cuerpo,
menos sé la razón de todo esto.

Solo sé que cumplí con mi función.
Ya los genes que heredé se alojaron en mis hijos,
y de éstos van pasando poco a poco hacia los nietos.

Pero sigo en la ignorancia del por qué de todo esto....

¿Que más da?

Ya he cumplido mi misión.

Soy un pobre cascarón envejecido...

Los que mandan son los genes.

¿Sabrán ellos los motivos de esta eterna evolución...?


© Antonio Pardal Rivas

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