AFUERA ERA DE NOCHE

 

 

 

 

 



Afuera era de noche.
La escarcha refulgía en la pradera
con bellos tornasoles plateados.
Los astros titilaban en el cielo,
en un tapiz de estrellas decorado.

Jardines alumbrados por la luna
abrían de par en par todas sus flores,
y
en tierna ensoñación me recordaban,
con cálida añoranza, tus amores.

Guardaba aún tu última sonrisa,
tu último suspiro y postrer beso,
aquella larga noche de caricias,
de dulce amor y plácido embeleso.

Afuera era de noche.
La espuma de la playa me arrullaba
con plétora de hermosas caracolas,
mostrándome senderos infinitos,
reflejos de tu cuerpo entre las olas.

Los astros alumbraban tu semblante,
tus manos parecían blancas palomas.
Sentía toda el ansia del amor,
inmerso en el efluvio de tu aroma.

Hallábame cautivo del recuerdo,
de tu última mirada embrujadora,
de aquella sensación, de aquel influjo,
nacido de la luz de aquella aurora.

Afuera era de noche.
Eterna, iluminada, interminable.
La brisa susurraba en mis oídos
las letras de tu nombre tan amado,
colmando de pasión a mis sentidos.

Sediento, en el tálamo buscaba
la dulce suavidad y la tersura
de aquella que en mis sueños aún vivía,
ansiando acariciarte con ternura.

Al no encontrar tus senos ni tu cara,
un grito de dolor subió hasta el cielo,
llamando a la que allá se había marchado,
dejándome, en la tierra, sin consuelo...

Afuera era de noche.
La luna iluminaba los jardines,
las olas de la mar tristes sonaban,
y solo, en aquel lecho en que te amé,
mis ojos, recordándote, lloraban...


© Antonio Pardal Rivas

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