INFANCIA

 

 

 

 

 


¡Regalo que Dios nos quiere ofrecer!
¡Candor inocente de la tierna infancia!
¡Albor de una luz que empieza a nacer,
envuelta en aromas de dulce fragancia!

Despierta, dichosa, una nueva alma
que lo tiene todo aún por descubrir,
y el ojo del niño que crece con calma
curioso investiga lo que es el vivir...

¡Que hermoso lo es todo en aquel instante
en que se le muestra la gran creación!
¡Con que placidez contempla constante,
las cosas que observa con suma atención!

¡El canto del ave le agrada y asombra!
¡Las olas del mar lo hacen feliz!
¿Qué serán las luces que arriba, en la sombra,
titilan de noche, sobre un gran tapiz?

La ardilla que humilde trasiega en el monte,
las flores silvestres de bellos colores,
la nieve que blanca, cubre el horizonte,
lo dulce, lo amargo... los muchos sabores.

Él quiere aprender, y al padre pregunta
las cosas extrañas que va descubriendo:
¿Por qué se va el sol y al suelo se junta?,
¿Por qué cae la lluvia?, ¿Por qué va cayendo?.

¿Qué es eso que arriba la noche ilumina,
y emite fulgores de pálida plata?.
¡Me gusta su luz que lenta camina!
Y el padre le muestra la inmensa cantata.

Y pasan los días, los meses, los años.
¡Infancia dichosa, niñez inocente,
en que descubrimos portentos extraños
que Dios nos ofrece cual magno presente...!

¡Oh tiempos tan dulces que otrora vivimos!
¡Hermosos recuerdos de aquella experiencia
que siempre en la mente guardada tuvimos
cual suave añoranza de nuestra inocencia!

Y cuando despacio se acerca el relevo,
soñamos ausencias del tiempo pasado.
Nostalgia en el alma de un dulce renuevo.
Amor a los seres que ya se han marchado.

Nos queda tan solo la inmensa alegría,
de ver a los hijos darnos sus abrazos,
premiando al que fuera su norte y su guia,
cuando se cumplieron ya todos los plazos...



© Antonio Pardal Rivas

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