LA MUERTE DEL POETA

 

 

 

 

 

Y pereció el humilde poeta
en una fría mañana de invierno
llevando oculto consigo a lo eterno
algo que fue su destino y su meta.

La golondrina asomóse alcahueta
para observar aquel viejo cuaderno
que recogía en retales, muy tierno,
cientos de rimas de forma incompleta.

Y allí quedóse, sin fama ni gloria,
yerto en lo oscuro, su numen perdido,
mientras asía con fuerza sujeto

ese papel que narraba la historia
para escribir otra vez, más lucido,
su más hermoso y brillante soneto.

 

© Antonio Pardal Rivas

14-01-07

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