EL JARDÍN

 

 

 

 

 

Furtiva en el jardín de un gran poeta
mi alma arteramente se escondía,
oculta en una cruel melancolía,
ansiosa de emular tan alta meta.

Entonces diose cuenta, muy discreta,
pergeñando una humilde poesía,
que el otro los halagos atraía,
cual si todos orasen a un profeta.

Y ella, tonta de sí, se encandilaba,
al leer sus escritos tan oscuros
que nadie en esta tierra comprendía,

pues alguien a su lado la engañaba,
diciendo que esos versos eran puros
para quien sus palabros no entendía.

© Antonio Pardal Rivas

Octubre-2006

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