A MI MADRE

 

 

 

 

 

En el rincón sombrío de la cerrada estancia,
ensimismado me hallo, rememorando el día
en que tus blancas manos llenaban de armonía
la placidez remota de mi lejana infancia.

Aún llevo muy grabada la sublime prestancia
con que tu dulce magia, al piano estremecía,
y yo, junto a tu cara, embelesado oía,
aquel nocturno alado cargado de fragancia.

Desde que te marchaste, rodeada de jazmines,
la voz de tu piano nunca volvió a cantar,
y en un rincón sombrío de este salón helado

siento una gran envidia por esos querubines
que en el cielo disfrutan oyéndote tocar,
mientras llorando ansío volver pronto a tu lado.

© Antonio Pardal Rivas

3.octubre.2006

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