ÁGUILA

 

 

 

 

 

 

¡De que modo atraviesa los cielos,
majestuosa, cual reina solemne,
oteando, aquí abajo, en el suelo,
al ser vivo, pequeño e inerme!

¡Cómo envidio su ver penetrante
cual los dioses de antiguas culturas,
que observaban las luchas del hombre
desde lejos, allá en las alturas!

¡Quién pudiese tener la agudeza
que a sus ojos dotó el Creador,
para ver, de tan lejos, las cosas,
en su máxima luz y esplendor!

¡Si así fuese, yo a ti te vería
por muy lejos que tú te encontrases,
y tu cuerpo a mi lado tendría
mientras Helio y su luz alumbrase!

¡Quién pudiese tener el olfato
que posee el humilde perrillo,
para oler a lo lejos tu aroma
de azucena, azahar y tomillo!

¡Quién pudiese gozar del oído
de la grácil y hermosa gacela,
para oir cuando solo me siento
el rumor de tu cálida estela!

¡Quien pudiera, mi Dios, quien pudiera
disfrutar de los cinco sentidos
que los hombres ya casi perdimos
y otros seres mantienen aún vivos!

Es tan grande el amor que me invade
que quisiera poder contemplarte
con la vista del ave rapaz
y de lejos mirarte y mirarte.

Y captar tus aromas, también muy de lejos,
sin dejar de escucharte jamás.

Es tan grande el amor que te tengo...
que, cual águila inmensa, quisiera volar.

© Antonio Pardal Rivas

Agosto-2006

Compartir  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VOLVER