TUS SENOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me excitan y enardecen, me elevan hasta el cielo,
al contemplarlos libres, en toda su hermosura.
Es superior a mí, este embrujo hechicero
que envuelve mis sentidos, al ver tal donosura.

Su blanca infinitud, más pura que la nieve,
la simetría perfecta de su suave contorno,
en mágico contraste con tu cintura leve,
me arroban y embelesan en un dulce trastorno.

¡Cuanto tiempo ha pasado desde la vez primera
en que tú me ofreciste las dos blancas palomas!
¡Aún guardo en mi memoria el día de primavera,
en que me concediste gozar su dulce aroma!

Y al recordar los días que fueron manantiales,
de la incipiente vida que estábamos forjando,
siento un impulso tierno que me empuja a besarlos,
y después, lentamente, seguirte acariciando...

¡Nunca llega a su fin el ansia que me envuelve
de sentir en mi boca las fresas de sus cimas...!
¡Jamás llega el momento de dejar de besarlas,
cuando me las ofreces, cual dádiva divina...!

Esta pasión oculta que vengo padeciendo,
levantando borrascas en mi otoño sereno,
que da luz a mi vida, pero ni yo comprendo,
la origina, mi amor, el fulgor de tus senos...

¡Talismán hechicero que Dios te concedió,
que hace que cuando suaves, lo acarician mis manos,
de forma ineluctable, con ternura infinita...
irremediablemente, nuestros cuerpos fundamos...!

© Antonio Pardal Rivas

Octubre de 2005.

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